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vivo (2ª parte)

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Vivo en la fantasía de los días, vivo instantes longevos de resuelta y sola alegría. Vivo tras un abismo profundo, estúpido y casi loco. Vivo feliz entre esta inútil armada que se nutre de furtivas noches y torpes días. Vivo con mi sangre a flor de piel. Vivo cautivo de esta inexplicable y humana fe que me atrapa, vivo de noche, de día. La vida es alarma. Fatigado en la espera del tiempo vivo fuerte, vivo en ocasiones estepario, vivo nocturno… vivo. Yo me agarro a mí mismo y me digo que estoy vivo. La vida es olvido. Es un continuo. No es pasado, no es ahora, ni futuro: es continuo olvido. Porque en el presente se vive el pasado y se construye un futuro que inmediatamente vuelve a ser olvido. Vivo y olvido. Olvido y vivo. Una ruptura inútil. Un enlace ineludible. Eso es todo. Estoy vivo. He de callar para demostrar esta estancia insonora, esta calma, esta fugacidad, esta luna, este mar. Este lejos de aquí, casi sin vida, sin gravidez. En eso consiste la vida, en eso el olvido. La memoria no es memoria. La memoria es vida y olvido. Porque el olvido está en alguna parte, resguardado en un parapeto de la vida cuyo nombre es memoria. La memoria es olvido. Y así vivo en un grupo cíclico y vital enorme que me atrapa e, inevitablemente, me consume mientras vivo. Entre luces y carnaval, entre sábanas de lluvia yo vivo. Entre amores fugaces y eternos, entre eternidades probablemente falaces yo vivo en carne de vida continuamente inesperada. Sí, creo que sí. Creo que, a pesar de todo, estoy vivo.

vivo

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Vivo en mis carnes los momentos más desconcertantes y abrumadores de mi trayectoria educativa. Vivo en la educación secundaria obligatoria. Vivo en la debacle, en el estupor, en el aletargamiento y en el desasosiego. Vivo en medio de la impunidad, de la incertidumbre, de la ignorancia y del agotamiento. Pertenezco a la escoria. Vivo entre la ilusoria felicidad de instantes desperdigados y la sonrisa fácil, entre la estulticia y la tristeza, entre el fragor de la batalla y la densa calma de los idiotas. Vivo apesadumbrado, esclavizado, atado de pies y manos, preso y aniquilado. Vivo marioneta de mis queridos discípulos. Vivo títere de mi respetada legislación. Sin embargo, vivo en la oscuridad, en la mentira, en la pública alarma insonora del olvido. Vivo en una tumba inhóspitamente abierta, en un recinto inútilmente vallado, en un parapeto de cartón piedra, en un frenesí ingrato de competencias. Vivo en la abulia, en la pereza, en la desgana, en la desidia, en el desinterés, en el abandono, en la negligencia, en la holgazanería. Vivo en la perplejidad, en la ceguera, en el asombro, en el ofuscamiento, en el desconcierto, en la obcecación. Vivo en este macilento otoño la crueldad indisciplinada de mis tiernos infantes, el regreso a la agresión y a la opresión, en este caso, del espíritu, del alma. Vivo el abrazo sutil, enmascarado e infame de la normativa. Vivo la hostilidad rutinaria, refleja, automática e inconsciente de la juventud. Vivo en la exposición del desarmado. Vivo en las afueras de la academia, en la periferia del conocimiento, en la profundidad de lo ignoto. Vivo en la muerte de la educación. Vivo en la muerte de la vida.

otoño

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Está, querida niña, esta vida
resurgiéndose pronto, como el trigo.
Vendrá la primavera y tú conmigo
y allá detrás Dios, para que decida.

Agárrate rápido de esta brida,
corramos juntos buscando el abrigo.
Repitamos sin tregua lo que digo:
¡otoño que nos das la bienvenida!

Busquemos las heladas, los inviernos;
hacia el final con las manos unidas.
Restemos el mal, el odio, la guerra.

Para la paz que produce querernos
hagamos alegres las despedidas
y tomemos del mundo nuestra tierra.

lunes

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¡Quién te verá mañana lunes
cargada de desvaríos!
Con tus sedosos cúmulos
y tus desconcertantes símiles,
¡quién te verá!
Entre tus redes de celdas
microscópicas,
por los fines y  las particiones,
por las tuberías,
¡quién te verá mañana lunes!

De piedra,
de piedra es tu pupila finita
recorriendo tu soledad
de semana abierta.
De ácidos,
de ácidos se compone tu ciudad
a veces grave, a veces llena.

Como un despliegue lunar,
¡quién te verá!
Como lo cirios apocalípticos
y los destierros
desatados en las horas de jaspe,
¡quién te verá mañana lunes!

la bondad del esfuerzo

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Mis alumnos de cuarto de secundaria y de primero de bachillerato son, en general, buenas personas. Gente con la que se puede contar para muchas cosas. Sin embargo hay otra clase de bondad relacionada con la asignatura de matemáticas (y, seguramente, con el resto de materias).

Porque lo bueno que sea uno como persona tiene que ver con la bondad en el trabajo, en la dedicación y en el esfuerzo. Llamémosla la bondad del esfuerzo (a partir de ahora BdE). Aquí no queda más remedio que afrontar la realidad. Estas reflexiones van dirigidas, sobre todo, a mis alumnos y alumnas. Espero ser claro y distinto. Que cada uno y cada una extraiga sus propias consecuencias:

  • Categoría BdE1: Hay personas que están trabajando a diario. Que se están esforzando. Y aprueban con una buena calificación. Siempre obtienen un 7 ó más. Incluso un 8 ó un 9 (en la asignatura de matemáticas, en bachillerato, no es fácil obtener un 8 ó más por sencillo que sea el examen). Me alegro por vosotros. Enhorabuena. Seguid así. Yo sé quiénes sois. Y me alegro de que seáis así. Vuestra bondad del esfuerzo es sobresaliente y por eso sois todavía mejores personas.
  • Categoría BdE2: Hay también personas de esfuerzo constante e intenso que, aunque aprueben con unas décimas más de un 5, o a lo sumo con un 6, no pasan de ahí. Es más, en la mayoría de los casos suspenden, incluso con muy mala calificación. Eso es porque tienen unas carencias en procedimientos básicos, que se desarrollan en secundaria, cuyo arrastre al bachillerato es fatal, un lastre difícil de soltar. Por decirlo en términos que ahora se llevan mucho: no alcanzan satisfactoriamente la competencia matemática que se requiere para una persona al finalizar la secundaria. Pero han titulado y ahora están fracasando en bachillerato. No podemos ponernos una venda en los ojos. Tenéis que arreglar este desaguisado. Y no es fácil. Tenéis que ser conscientes no tanto de lo que sabéis, sino de lo que no sabéis. Hay que volver al principio y repasar todo, todo lo que se da en 4º de ESO y que sabéis que no sabéis. Hay que practicar, “machacar hasta la extenuación” ciertos contenidos. No he de decir aquí cuáles. Sabéis, cada uno, y cada una, los que son. Subsanando estas carencias (insisto, no es fácil), aunque vuestro escalafón BdE sea de primera, podréis aprobar matemáticas. Lo que necesitáis es BdE1 hacia los contenidos de ESO. Y lo tenéis que hacer ahora, compaginándolo con vuestros estudios de bachillerato. Es así.
  • Categoría BdE3: Personas de esfuerzo no tan constante, pero que mantienen una relación cercana con la materia. Digamos que se esfuerzan “lo justo”, pero podrían esforzarse más. En estos casos el abanico de calificaciones es amplio, incluso pueden obtener buenas notas en una prueba aislada. Pero al final de curso, aunque superen la materia, su calificación estará por debajo de sus posibilidades reales. Con estas personas existe la peligrosa posibilidad de que, sin darse cuenta, bajen a lo más profundo de los niveles en BdE .
  • Categoría BdE4: Personas que apenas se han esforzado o no se han esforzado en absoluto. En la mayoría de los casos sus calificaciones son muy bajas. Si no hay esfuerzo no hay resultados. Es muy triste que vuestra presencia sea sólo eso: presencia. Y pasan los días, las semanas, los meses,… ¡a qué esperáis! Aunque no lo hagáis por vosotros mismos (que sería lo idóneo), pensad en las personas que os rodean, sobre todo en vuestros padres, en vuestra familia: están sufriendo. No porque saquéis malas notas, no. Sino porque vuestra BdE es prácticamente nula. Y eso duele.

La bondad del esfuerzo es la actitud hacia el aprendizaje. Es verdad que, a veces, hay situaciones personales o causas externas que nos hacen abandonar y no funcionar como habitualmente. Un consejo en estos casos: gritad, llorad, maldecid (si puede ser a solas mejor). Y luego, aun con lágrimas en los ojos, coged el libro, los apuntes, el bolígrafo y poneros a estudiar. Con intensidad. Ya veréis cómo al cabo de poco tiempo os sentís mejor, incluso estáis más alegres y receptivos. Volveréis a vuestra situación normal, se repararán los destrozos y, además, habréis aprendido. La vida no sólo “mata”, también enseña. Esto es a lo que, los mayores, llaman experiencia.

Ayer situé a mis alumnos de bachillerato en una categoría BdE. Por supuesto la categoría BdE en que los haya situado, es mi propia visión, mi percepción. ¿Es, en conciencia, también la de ellos? Es posible que yo esté equivocado y a algunos les haya puesto muy arriba, mientras a otros demasiado abajo. Pero si no es así, han de reflexionar y aquellos que extraigan como consecuencia que pueden ser mejores en BdE, que lo hagan. Serán todavía mejores personas.

principio

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Robados pues los sueños de su vientre
viniste ya volátil, más bien muerto.
Ingente duda donde se concentre
el agua en las dársenas del puerto.

Destino de los mundos más lejanos,
lujuria desvaída e imprecisa
posada entre suaves cirujanos,
que fuiste ni trasunto ni premisa.

Paciencia desarmada e impotente,
camino de aridez rala y confusa
la espera lacrimógena y doliente,
rapaz fecundación de ciencia infusa.

Maldito nimbo oscuro que repele
las lánguidas cavernas y los mantos.
Oscuro afán de tierra que nos duele,
remotas las antífonas de santos.

Ya puedes escapar sobre la nube,
sonora ingravidez definitiva.
Ya puedes aclamar a quien te sube,
mi espíritu va roto a la deriva.

Abortos contraídos con papeles,
abortos que fecundan los subsuelos.
Aborto que te quiero con laureles
de vida que se rompe en mis desvelos.

Mujer que ajada llora, que no entiende
por qué se roba el mundo y la tiniebla
perenne de su núcleo no trasciende
tras este mar de agujas y de niebla.

Las clínicas florecen por las calles,
ahora le fecundan mientras duerme;
ahora te reducen a detalles,
silencio de un camino tan inerme…

La vida, ¿dónde está?, ¿dónde mi vida?
Alzar este retoño en las cloacas
hará de ti, de mí, una partida
con lazos, con trincheras, con estacas.

Y entonces se pondrán patas arriba
los zulos, las cavernas y los santos.
Y yo seré el canal y aquella criba
sumida de cenizas entre tantos.

Están los dos gametos pululando
por esa habitación, entre cristales
batalla por la vida comenzando
la búsqueda de embriones parentales.

Y mientras las mujeres que angustiadas,
buscando cercenar funesto estado
van llenas de aprensión y atribuladas,
¿por dónde mi retoño tan amado?

Y mientras regalado es terminar
las vidas ya recién han comenzado,
difícil es mi crédito eliminar
en lucha por la vida apasionado.

No pido sin embargo caridad,
ni objeto ser de lástimas o penas.
Yo quiero la justicia, la equidad,
huir de ejecuciones y condenas.

El cielo oculta ufano su sonrisa;
nosotros, como amantes tan ligeros,
alzamos nuestras manos y la brisa
nos toma los espíritus enteros.

El alma nos destruye compañera;
pensamos que vendrán tras nuestras ánimas
consuelo y la agradable primavera
tapando los hastíos y las lágrimas.

Se abren sin embargo las heridas,
jamás aquel agravio cicatriza.
El alma nos agita las salidas
y nunca nuestra huida finaliza.

Así de inapelable se nos muestra
aquella la razón por que existimos.
Funesta trascendencia que secuestra
la vida que con gozo perseguimos.

Hostil en grado sumo la avaricia
presenta multitud de divisiones.
Yo busco solamente una caricia
que inunde de humildad los corazones.

Yo pido a los estados que no importe
ni un céntimo la búsqueda de vida,
igual que fugaz se hace un pasaporte
ajando con crueldad la bienvenida.

Mi vida está en un túmulo olvidado;
su vida toma un rumbo de cenizas.
Estamos en momento denostado,
me atrapan entidades y balizas.

¿Por qué dejar el viento? El es culpable
de sueños, de lamentos que finitos
inundan la verdad clara, palpable;
razón cual proteger a los proscritos.

¿Por qué vienen las almas entre mares?
Retoño que esculpir por las bahías.
No es frente que se pierda entre estos lares,
es sólo amor bruñido, alegorías…

Y fueron casi inútiles las almas
buscando sin consuelo las hazañas
nutriendo absurdas, fútiles las palmas,
un paso en que surtir estas entrañas.

In vitro reforzamos corazones,
cosquillas que se mueren en un lapso,
segundo que revisa sinrazones:
embriones que reviven al colapso.

madrugada digital

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Las manos surgen sonoras, como deseos
y amablemente la luna
estrecha sus ámbitos, sus nudos y los besos
acaparan tras embarazada nube estos dedos,
estos dientes, la lengua furiosa de amor
formando de mí, ¡oh Dios!
… otra vez, cariño:
¿mis deseos?
¿mis besos?
¿mis…?, ¿mis dedos?
Déjame esculpir un recuerdo, déjame
borrar los nodos que nos separan,
déjame desnudarte.
Y otra vez volcar esta iteración insana:
volver la luz entre los…

Eres tú quién vive,
eres tú sonora estatua
quién se viene oyendo.
Óyeme que alguien oyó:
“Tras la colina, frente al cementerio
se levanta la luna
y se pierden los besos”.

Mis manos son ahora una bruma,
un nudo, un sarmiento, una nube:
Probablemente el dolor.
En el hígado,
torpe antes frunciendo el ceño
y haciendo de mí un estúpido revuelo…

la luna

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Celestial es la luna
tan simple, tan amarga como un beso.
Este amor es la bruma
en el mar, tan sincero
que espera ágil sublimes deseos.

Y se acuesta sonoro,
suspiro de las lluvias en invierno,
funesto aroma roto,
rudos tiempos ignotos
que llevan los espacios y los tiempos.

Así me amo solo
buscando torpemente los abrazos,
venciéndome los lodos,
las luces y los lloros.
Las briznas entre nieblas avanzando.

Mientras tanto las vidas
de muslos protegidos van saliendo
y encuentran la salida,
funesta despedida
de un cielo que demuestra descontento.

Una espadaña arroja
dos caras por el viento su campana
y mi amor se despoja
así, como una esponja
succiona de los líquidos guadañas.

La sangre que se vierte
se esfuma en un segundo inadvertido
que sin querer se crece,
que torpemente escuece
espumas de estos barros contraídos.

Pues fueron muy ufanos
a unirse sin pensar en los futuros
y encontraron sus manos
torpes ruinas de santos
ciñendo batallones tan oscuros…

lugares y sueños

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Las imágenes que aparecen en los sueños se empeñan en recorrer de cuando en cuando los mismos lugares. Aquellos lugares conocidos pero olvidados que se llenan de una aureola casi mágica, que se deforman abigarrados como sabiendo que son ellos pero no queriendo parecerlo, para aparecer y escapar a un tiempo mientras se impregnan de grandes dosis de fantasía oculta y revelada en ese estado donde la vida es una segunda parte que nos espera en el lecho.
Salgo despedido de una escena cuya protagonista es una vía entrañablemente antigua, demoledoramente extraña y conocida, para aparecer repentinamente frente a la ventana enmarcada de verde y ver detrás una figura que me mira sonriente mientras dobla la ropa. Entro en la casa y subo las escaleras. A la derecha mi dormitorio. Me tumbo en la cama y duermo y aparezco en las cercanías enganchado de X, que me lleva cogido por el hombro mientras recorremos convencidos el sendero de tierra que bordea los patios. Despierto en otro lugar y siento la presencia de la mujer en la otra habitación. Respira profundamente, tranquila y segura. Y salgo otra vez despedido, esta vez al volante, atravesando largas rectas, dejando atrás sinuosos cruces y entrando finalmente en el callejón. Hay mucha gente y me abro paso, incluso apartando a puntapiés sillas y banquetas. Doblo la esquina y entro sin pensarlo en el tugurio, que son varios tugurios a la vez, hasta que subo por uno de ellos buscando un lugar donde aliviar mi sed, tras la mirada cómplice del tabernero. Entonces, sin haberlos visto antes, me interceptan y me saludan a empellones varios conocidos que se alegran de comprobar que estoy allí. De saber que he vuelto.

llega el mar

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Tras el promontorio no está el mar. Hay otro estrecho valle y detrás otro promontorio. El mar no llega nunca. Llegan, perdidas, ligeras gotas de espuma, último eslabón de alguna errática ola que cabalgó por el aire y se instaló en las nubes, llorosa y nostálgica de sus aguas verdes, de su piélago infinito. Una larga cadena de arrecifes espera, además, antes del mar. Vetustos acantilados, inhóspitos, bellos farallones, caprichos de una erosión antigua, tan antigua como el propio e inaccesible mar. Me lanzo otra vez desde tierra adentro para atacar, volviendo desde el principio, interminables desiertos, recónditas selvas, dilatadas sabanas, profundos cañones, oscuros desfiladeros. Llego al final y tras el promontorio no está el mar.

Y huyo. Con ese huir fatigoso y fracasado. No vuelvo hacia atrás. Huyo. Donde los ciclos escapan de sí mismos y la renovación no existe. Huyo también con fiereza no para escapar, sino para encontrar mis cadenas, leyes de composición interna a las que aferrarme y que perdí, que dejé olvidadas en alguna vaga y pretérita oquedad. Hacia aquella extraña dimensión plagada de fantásticas simetrías. Allí, allí llegaré en mi huida y me volveré horizontal, ligero, transparente y, al tiempo, inexplicablemente pretérito, primitivo y vigoroso.

Tras sumar huidas el mar llega. Salvaje, furioso, arcaico, auténtico. Y me zambullo en ese mar para respirar aquel oxígeno impregnado de salobres aguas, aquel aire húmedo y oculto que creí extinto. Llega el mar y estoy solo en la cima de la libertad absoluta.

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